Erick Manuel Torres Castro, tiene ya 20 años de colaborar con el grupo de apoyo del Hospital México.

Ahí llegó como guiado por el Espíritu de Dios, por cuanto de un momento a otro comenzó a sentir la necesidad de orar por los enfermos y el primer lugar al que se le ocurrió ir, fue a este centro hospitalario.

Cuando fue a este lugar, lo hizo por una casualidad divina, porque pasando por Rayos X, le preguntó a la primera persona que se encontró, ¿qué había que hacer para poder ir  a orar a ese hospital?

No sabía que estaba hablando con Gonzalo Carranza, el coordinador del grupo de oración del México.

Él lo instruyó, le dio un permiso por tres meses, como para probar si verdaderamente tenía llamado.

Después de eso, una vez que había pasado la prueba, se integró de lleno al grupo de apoyo y desde entonces no se pierde una reunión de los jueves, ni tampoco la de los cultos generales que se realizan cada tres meses.

Le habló de Dios a un comediante

Con el pasar de los años, entre muchas experiencias espirituales, sin saberlo le correspondió visitar al cubículo donde estaba internado el conocido comediante Adolfo Montero Arguedas, más conocido como “Gorgojo”, quien posteriormente murió en Grecia a los 71 años, debido a una  encefalopatía hepática, comúnmente denominada cirrosis.

“Fue una sorpresa verlo internado, pero le hablé de Dios y de la necesidad de estar preparado para la otra vida. Le dije que el Señor lo llama a uno en cualquier momento y le pregunté si quería entregarle su vida a Jesús y él me dijo que sí. Hicimos la oración, me despedí de él y después no supe nada, hasta que me di cuenta que había fallecido”, recuerda Erick.

Así es como ha logrado llevar a los pies del Señor a muchas personas, durante estos largos años en que ha servido en el grupo de apoyo.

Lo llevaron a la iglesia a la fuerza

Erick Torres, recuerda que a su mamá Argentina Castro, quien era gnóstica, una vez alguien la invitó a la iglesia de Dios Pentecostal central, que está por el Museo del Niño.

Ella, en esa ocasión recibió al Señor en su vida y en la próxima reunión lo llevó a él, quien apenas tenía ocho años y ni siquiera sabía porque la acompañaba, por cuanto quería quedarse jugando con sus amigos del barrio.

“Las primeras veces yo iba a regañadientes, e inclusive en ocasiones lloraba porque no quería ir. Pero luego me comenzó a gustar, hasta que un día decidí entregar mi corazón a Dios”, enfatiza Torres.