Norma R. Larson /

Las visitas de familiares y amigos son parte importante de nuestra recuperación, una medicina mágica que nos levanta el ánimo, aunque la cabeza yazca pesadamente sobre la almohada.

El hospital puede ser un lugar atemorizante. Es como ir a otro país donde el idioma es diferente y los objetos y los olores son extraños.

Imagínese ser una persona segura de usted misma que va al médico por unos síntomas menores persistentes. Después de examinarlo el médico lo manda a hacerse unos análisis. Luego de sacarle sangre y hacerle radiografías, el técnico le dice que vuelva a casa y espere a que el médico lo llame para darle los resultados. Empieza el juego de la espera.

Dos días después la enfermera le llama para decirle que su médico quiere que se haga más análisis. Empieza a sentir un poco de ansiedad y le pregunta si hay algún problema. La enfermera le da una respuesta evasiva y le dice adónde debe ir y qué análisis se debe hacer. Continúa el juego de la espera.

Al día siguiente de hacerse estos análisis llama la enfermera para decirle que el médico quiere verlo en su consultorio.

Usted se sienta nerviosamente y espera que lo llamen. Por fin, después de lo que parece una eternidad, lo acompañan al consultorio del médico. “Parece haber un pequeño bulto en su pulmón. Me gustaría operarlo para ver si podemos sacarlo. ¿Cuándo puede internarse?” Surgen mil preguntas, pero está demasiado aturdido por la noticia como para hacerlas. La semana de espera ha sido emocionalmente tediosa. Murmura que el jueves está bien. Hay que seguir esperando.

La noche del miércoles antes de internarse, tiene pesadillas. Se despierta con frecuencia y mira el reloj. Llega el jueves por la mañana. En cuanto llega al hospital siente que su intimidad es violentada cuando la recepcionista empieza a hacerle preguntas personales acerca de su edad, su estado civil, cuántos hijos tiene, su religión, dónde trabaja, su compañía de seguro médico, finanzas, el pariente más cercano y un sinfín de cosas más.

Después lo llevan a un cuarto donde le guardan la ropa en un pequeño ropero y le dan un camisón sin gracia y poco discreto. Hay gente, casi toda desconocida, que va y viene a voluntad, la de ella, no la de usted. Su cuerpo se ve invadido por agujas y tubos. Pocas horas antes de la cirugía el médico decide que hace falta un análisis más. Espera el análisis. Espera el resultado. Rara vez se cumplen las cosas en el horario previsto. Mientras tanto, comparte la habitación con uno o más desconocidos que pueden estar gimiendo de dolor. Esto agrega toda una nueva dimensión a la experiencia.

A lo mejor quieren hablar cuando usted tiene ganas de descansar. Pueden mirar televisión toda la noche o poner la radio demasiado fuerte. Pueden ensuciar la cama con frecuencia y llenar la habitación de olores desagradables. Pueden tener demasiadas y frecuentes visitas, y que hacen demasiado ruido. O a lo mejor puede estar en una habitación solo, sin tener con quien hablar ni con quien comparar experiencias. Empieza a invadirlo una sensación de aislamiento.

Se pospone la cirugía para que se pueda estudiar el último análisis. Como cuando le sirven la comida no cuando tiene hambre. A veces ni siquiera le permiten comer. Las enfermeras interrumpen su sueño dándole píldoras, tomándole la presión y la temperatura, preguntándole si está dormido. Las visitas pueden estar limitadas a cierto horario o a cierto número.

La dieta o la ingestión de líquidos puede estar restringida. Hasta le pueden decir cuándo y cómo ir al baño. Puede haber restricciones en cuanto a la frecuencia y el momento de bañarse, y puede ser un baño donde las llaves se ven y se sienten raras.

El personal médico habla de su condición usando palabras, terminología y abreviaturas que suenan a otro idioma. Se cumplen procedimientos para propósitos a veces incomprensibles. Empieza a sentirse amenazado por todo el ambiente del hospital.

Mientras espera el resultado del análisis y la cirugía, empieza a imaginarse lo peor. ¿Y si tiene que cambiar su estilo de vida? ¿Y si pierde una parte del cuerpo ¿Le guardará el patrón el puesto si tiene que estar internado varias semanas? ¿Cómo va a pagar todas las cuentas si no puede trabajar? ¿Cómo reaccionará su cónyuge? ¿Quién va a cuidar a los niños? ¿Tendrá que estar internado durante su convalecencia hasta poder valerse por usted mismo en casa? De repente el futuro se vuelve incierto. Los temores y las ansiedades empiezan a dominar esa parte de su carácter que era segura y firme. Está en crisis, al igual que sus parientes y amigos íntimos. Aunque el cuadro anterior puede variar según el lugar donde vive el paciente y el tipo de seguro médico que tenga, los sentimientos relacionados con la internación son muy similares para la mayoría de los enfermos. No importa cuántas veces hayan sido internados, cada ocasión tiene circunstancias particulares que hacen que el paciente se sienta fuera de control.

¿POR QUÉ ES IMPORTANTE LA VISITACIÓN?

En el hospital se le da la mayor atención al cuerpo en crisis. El campo médico, tal vez como resultado del pensamiento popular, poco a poco está reconociendo las ramificaciones de las emociones en el proceso de enfermarse y curarse. Pero, por lo general, las dimensiones y las implicaciones espirituales están descuidadas. Es en esta área que la visita puede desempeñar un papel vital en el proceso de curación integral.

Debido a la rapidez y frecuencia de los cambios que les están ocurriendo, es fácil entender por qué los pacientes se sienten impotentes. Como visita, uno tiene la capacidad de devolverles cierta medida de control. Tan sólo con hacer preguntas como: “¿Le gustaría recibir una visita?” “¿Puedo sentarme?”, “¿Es buen momento para charlar?”, Está permitiendo que ellos dominen la situación?

En vez de ser una persona más entre las que les dicen lo que deben hacer, al preguntar les está dejando asumir el control según lo desean.

Las visitas hacen saber al paciente que no está solo. Pueden aliviar esa gran sensación de aislamiento que lo rodea. Las visitas que tienen una relación especialmente estrecha pueden servir de voceros para los pacientes, asegurándose de conseguir respuestas a las preguntas y servicio para sus necesidades. Interceder por pacientes que están demasiado acobardados o debilitados para librar sus propias batallas es la mejor expresión de apoyo e interés.

Las visitas no solo le dan aliento al paciente, sino que también pueden alentar al cuidador principal. Quedarse con el paciente mientras el cuidador va a casa para bañarse, comer o dormir, puede ser de gran ayuda. Aunque no siempre sea el caso, puede haber ocasiones en las cuales las visitas pueden extender su ministerio a la persona en la cama de al lado, demostrando así el interés de Dios por otros.

SER SENSIBLE CON EL PACIENTE

Aunque por lo general las visitas representan un alivio del aburrimiento y el aislamiento de la sala de hospital, hay que estar consciente de que el momento de la visita no siempre será recibido con el entusiasmo que uno espera.

El paciente puede tener náuseas lo que lo incapacita para entablar una conversación placentera. Puede ser que necesite cada átomo de concentración para poder tolerar el dolor. Como consecuencia de los medicamentos el paciente puede estar somnoliento o un poco incoherente.

Sencillamente puede estar de mal humor por las circunstancias en las cuales se encuentra. Puede haber tenido visitas todo el día y estar cansado de hablar. El paciente con frecuencia termina cuidando de los que vienen a visitarle. Puede ser que ya no tenga energía para atender otra visita.

Tanto los hombres como las mujeres frecuentemente son muy sensibles en relación con su aspecto. Una mujer me dijo que no quería que nadie de su iglesia se enterara de que estaba internada porque no podía soportar que la vieran sin maquillaje y mal peinada. Sencillamente puede ser que el momento de la visita sea un mal momento. El paciente puede tener ganas de ir al baño, puede tener gases, o tener sueño. Los pacientes pueden estar deprimidos o asustados y en consecuencia les puede costar charlar. No es raro que los pacientes se sientan responsables por su propia condición.

Frecuentemente se les oye decir a los fumadores que su vicio es responsable por el cáncer de pulmón que ahora tienen que enfrentar. No es responsabilidad de uno decir que sí o que no; sencillamente permita que ventilen sus sentimientos.

Se les ha de permitir expresar sus sentimientos de culpa, remordimiento o responsabilidad por su enfermedad sin decirles que están enfermos porque han pecado. Aunque es cierto que años de vicios o descuido pueden resultar en enfermedades, el paciente no debería tener que sentir que la enfermedad es un castigo divino por pecados personales.

Hay que tener cuidado de no forzar el papel de anfitrión al paciente. Aunque es de suma importancia recordar que uno está en el cuarto de él, ya sea en el hospital o en la casa, no debe esperar que desempeñe el papel de servidor. Nuestra función como visita es servirle a él, suplir sus necesidades, no que suplan las nuestras.

Por último, no debe visitarse si uno mismo no se siente bien. El sistema inmunológico del paciente puede estar muy débil y particularmente susceptible a los virus ajenos. Esta es una complicación innecesaria. En este caso sería mucho mejor una llamada telefónica o una tarjeta.